Del Rancho de Sotelo a la ciudad
Antes de las calles con nombre de presa, aquí había alfalfa y hortalizas. El suelo que hoy pisa la colonia formó parte de una vasta propiedad rural conocida como el Rancho de Sotelo, que hacia finales del siglo XIX comenzó a parcelarse de manera definitiva, empujado por el crecimiento de la capital y los primeros aires de industrialización.
Entre los tenedores originales de aquellas parcelas estuvo el empresario Jerónimo Arango, cuyos descendientes fundarían más tarde el imperio de tiendas Aurrerá. Una porción significativa del antiguo latifundio fue adquirida después por Arturo Mundet, el industrial catalán que marcaría para siempre el destino social y recreativo de la colonia.
En las primeras décadas del siglo XX, con la reconstrucción posrevolucionaria en marcha, la zona se consolidó como un vigoroso polo fabril: bodegas y plantas dedicadas sobre todo a transformar los productos agrícolas que llegaban en tren, impulsadas por la cercanía del ferrocarril y de la antigua refinería 18 de Marzo.
1926: el bautismo del agua
El nombre de la colonia rinde tributo directo a una de las mayores gestas de la ingeniería civil mexicana. En 1926, el presidente Plutarco Elías Calles promulgó la Ley sobre Irrigación con Aguas Federales y fundó la Comisión Nacional de Irrigación, el organismo que inauguró una época dorada de construcción de presas en todo el país bajo un lema que era toda una declaración de intenciones.
Aquella hazaña marcó tan hondo a esa generación que quedó grabada en la identidad del lugar: casi todas las calles fueron bautizadas con los nombres de las grandes obras hidráulicas construidas entre los años treinta y cincuenta. Muchos ingenieros, técnicos y funcionarios de la Comisión —y después de la Secretaría de Recursos Hidráulicos— eligieron establecerse precisamente aquí, en la colonia que llevaba su obra en las placas de las esquinas.
La Ruta de las Presas
Cada esquina de la colonia nombra una presa real. Esta es la ruta: qué obra recuerda cada calle y qué vive hoy en ella.
La edad de oro industrial
A mediados del siglo XX el paisaje mutó por completo y la colonia tomó la traza que conocemos: calles amplias, camellones, árboles. Las hortalizas cedieron su lugar a colosos industriales: Chrysler, General Tire, Vidriera México y diversas procesadoras de harinas y levaduras levantaron aquí sus naves, atrayendo a ingenieros, técnicos y una clase profesional que echó raíces.
Aquella vocación fabril explica la anatomía de la colonia: lotes generosos, vialidades pensadas para el movimiento y una relación íntima con el ferrocarril que aún se deja ver en sus rieles.
Dos maneras de construir una colonia
A diferencia de las zonas autoconstruidas de la periferia, la Irrigación fue planificada como un fraccionamiento de clase media y media-alta, consolidado principalmente en las décadas de 1940 y 1950. Su arquitectura original habla dos idiomas.
Las viviendas originales, pensadas para un máximo de dos niveles, tejieron un entorno de baja densidad que garantizaba una vida apacible a escasos minutos de los centros corporativos de Polanco: un privilegio que los vecinos defienden hasta hoy.
Los cuatro pilares de la colonia
Un crisol con escala humana
Atraídas por la calidad de la urbanización y la cercanía con las zonas residenciales más consolidadas del poniente, aquí se asentaron desde temprano comunidades españolas, judías asquenazíes y libanesas. Ese crisol fundó comercios especializados, panaderías, colegios y centros de reunión que cimentaron la vida vecinal que el directorio celebra hoy.
Las cifras del Censo 2020 retratan una colonia de dimensiones manejables, donde todavía es posible conocerse por el nombre: la escala exacta en la que un directorio de vecinos tiene sentido.
La colonia, hoy
El cambio de siglo trajo la transformación más radical de su fisonomía. Las grandes fábricas apagaron sus hornos y sus predios dieron paso a una nueva era. El corolario llegó con la nueva Embajada de Estados Unidos: un recinto de 34,000 metros cuadrados sobre la avenida Casa de la Moneda, entre Legaria y Presa Falcón, diseñado por la firma Tod Williams Billie Tsien Architects, con espacio para 1,700 empleados y un pabellón consular de 81 ventanillas de atención simultánea.
La colonia recibe ese futuro sin renunciar a lo que es. Los vecinos han defendido con firmeza su arbolado, sus casas de dos niveles y su vida apacible; este directorio existe precisamente para eso: para que la historia centenaria y los negocios de siempre tengan el mismo escaparate digno que las nuevas mesas, los consultorios y los servicios que llegan.